lunes, 16 de marzo de 2015

Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café



Cuando busco la inspiración, pido o me preparo un café (siempre con leche), cojo mi bolígrafo de tinta azul o coloco mis manos sobre el teclado, según esté en alguna cafetería agradable o en el silencioso despacho de mi casa, y empiezo a escribir. Y escribo cosas, cosas que pasan, que son verdad, cosas que imagino, que ni suceden ni sucederán, cosas que te harán sonreír o llorar, cosas en las que seguirás pensando durante un tiempo o cosas que olvidarás justo al pasar de página. Y doy un pequeño sorbo a mi taza de café, todavía caliente. Historias en las que la vida, con todos sus aspectos, buenos o malos, es la gran protagonista. Relatos de amores no confesados, de zapatos mágicos, de ancianos entrañables, de ilusionistas desilusionados, de sorprendentes infidelidades, de contagios cotidianos, de idas y venidas entre el cielo y el infierno, de locuras en pijama, de inquietantes herbolarios… y degusto de nuevo el café, ya más templado. Me pierdo entre sus escenarios; los concurridos mercados de Marrakech, las estrechas y húmedas calles venecianas, un auténtico café de Nueva York, un hospital parisino, y cómo no, algún que otro rincón de mi querida Barcelona. Y cuando termino de pasear, de husmear, de soñar por sus callejuelas, encontrando el fin a estas historias, siempre sucede lo mismo y, la verdad, es un fastidio porque cuando echo mano a la taza, sin haber sido consciente, se me ha enfriado el café.


"Deberíamos preguntarnos por qué libros como este de Isaac Pachón (Badalona, 1978) no son publicados por una editorial comercial, mientras que otros que se leen con mucho menos gusto y facilidad sí lo son. Jamás había tropezado con un libro autopublicado con una cubierta y un título tan llamativos. Tampoco con un contenido tan interesante. Da gusto poder decir: lectores, editores, agentes, lean a Pachón. Anímenle a escribir más, publíquenle en condiciones de llegar a muchos lectores.
Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café es un libro de relatos. De los 28 textos que lo conforman, sólo un par no alcanzan al magnífico nivel medio del conjunto. Hay media docena de estupenda factura. Mi favorito es “Bellini”, un juego de dobles que regala algunos giros sutiles nada manidos, y un final redondo. Le siguen, en mi orden de preferencias, “Cruda irrealidad”, “El piso de arriba” y el muy delicado “El préstamo”.
Lo que más me gusta de estos cuentos es su cotidianeidad y un gusto muy personal por lo pequeño: pequeñas anécdotas, sentimientos cargados de delicadeza, situaciones en que el eje de la acción es un guiño, un tic, un bostezo. Isaac Pachón narra lo diminuto que llena nuestras existencias, y consigue hacerlo relevante. Es un libro que se devora, y que deja al lector con ganas de más. Qué maravilla."


"Lo que podemos encontrar entre las páginas de Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café es una colección de relatos, cortos en su mayoría, de narrativa pura y dura. Aquí no se cuentan historias extrañas, sino que se celebra la cotidianeidad, lo que puede ocurrir un millón de veces cada día. Se coloca el foco sobre algo que, de otra forma, pasaría desapercibido, como una forma de reivindicar el valor único del instante, como el bostezo en El contagio. Aunque también hay espacio para un cierto toque de realismo mágico, como es el caso de Bellini (en mi opinión la pieza más sobresaliente de toda la colección) o El gran Loussini."


"Este es un libro de historias, de amores no declarados, de personas entrañables que entrarán en tu corazón, de infidelidades y de sueños. Historias conclusas o inconclusas, más cortas o más largas, pero al fin y al cabo historias que consiguen hacerte latir más rápido el corazón, y esto no lo digo como frase hecha, me ha sucedido en realidad mientras leía. Y sí, se me enfrió el café y el corazón quitó el freno de mano."



"Después de que sus relatos de "Bárbara, Celia, Mariona y otros cuentos de Barcelona" consiguieran captar mi atención, los nuevos cuentos de Isaac han conseguido transportarme a mil y un lugares metida en la piel de distintos personajes. Son historias de ida y vuelta, con finales inesperados y con mucho que leer entre líneas. Es un libro que merece la pena tomar a pequeños sorbos, como si de un humeante café se tratara, para disfrutar de cada pasaje como si fuera único.
Me gustaría ser Caroline y tener a alguien que me invitara a un café o comenzar a ver el mundo a través de otros zapatos. Quién sabe, puede que en otra vida."

"Me ha gustado mucho el estilo de este autor: ligero, evocador, sutil. Sus cuentos te hablan a la cara de sensaciones y emociones contundentes. Pero suave, sin aspavientos; son relatos amables que entran dulcemente, aunque en algún momento descubras en tu boca un sabor que no esperabas.
Es como una bandeja de deliciosos canapés variados (o bombones, para los golosos): te da pena dejar de saborear el que estás terminando pero a la vez deseas empezar con el siguiente. ¡Y no te empachas! Además la edición está muy cuidada, lo cual también se agradece."

"Llegué a este libro de casualidad, sin ningún tipo de expectativa, atraída por el café, o más bien por la promesa velada de que el mío también se quedaría frío. No he leído este libro acompañado de un café, pero lo que sí se me ha enfriado ha sido el sueño. Son las 1:45 a.m. y lo acabo de terminar.
Con un prólogo más que prometedor, a la vez que peculiar, me sumergí en el libro y la curiosidad de ver qué descubría de él me han llevado a leerlo del tirón. Relatos tiernos, tristes, desgarradores y fantásticos. Relatos para dejarse llevar y descubrir al ritmo que el mismo texto marca y bonitas reflexiones entre líneas."



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